La Excelente Normalidad
Jacobo Santín Márquez
Director Estatal RMJP Puebla
Los ánimos están ya caldeados, y millones esperan con ansias las
indicaciones oficiales que señalen el fin de la Jornada de Sana Distancia,
hartos de días enteros de vida, trabajo y entretenimiento puramente
digital. Visualizándo el brillante futuro próximo de aeropuertos
rebosantes, Cancún, Acapulco, Vallarta o el Pueblo Mágico más cercano,
que no se nos pase el verano, la salida diaria a tal restaurante, la fiesta,
el proyecto que tuvo que detenerse; nos sentimos impacientes, porque
todo iba bien y todo seguiría bien si no se hubiera cruzado en nuestros
felices caminos una pandemia, pero ya casi dejamos el contratiempo de
lado, volveremos a la excelente normalidad.
Y claro, no se nos olvida, y menos como agentes de cambio en nuestras
respectivas trincheras, que lo mejor de este regreso, lo que más
deseamos, es la recuperación económica de los que a causa de estas
circunstancias excepcionales perdieron sus ingresos, sufrieron maltrato,
o vieron su salud vulnerada. Cuando esto haya terminado, cuando
regresemos a la normalidad, todos avanzaremos.
Qué panorama brillante. No nos dejemos llevar.
Porque si en la ansiada normalidad tuvieramos la costumbre de
reconstruir e impulsar economías que sacaran a miles de la pobreza, o
fuera común tener hospitales en condiciones óptimas, o la violencia de
género fuera cosa del pasado, no faltaría más que reanudar nuestras
vidas como eran antes para abatir todos los problemas del mundo.
Pero no es así.
La agenda 2030 se formuló en un mundo sin pandemia, y cuando
salgamos de nuestras casas, seguirá siendo relevante, seguirá siendo
necesaria, y la exigencia de su aplicación continuará siendo vigente, más
que nunca.
La crisis protagonizada por el polémico SARS-CoV-2, y las medidas
implementadas para detener su transmisión, nos tienen inmersos en
una suerte de juego global de las sillas musicales: los primeros meses del
año nos mantuvimos enfrascados en nuestros intereses, yendo de un
lugar al otro sin parar, no se nos encontraba en casa, siempre ocupados,
“bailando” por la vida; de pronto el virus llegó, la música se detuvo y
todos tuvimos que correr a sentarnos, quedarnos quietos por primera
vez en mucho tiempo; y como sucede también en esa dinámica tan
común en las fiestas infantiles, muchos se quedaron fuera, no tenían
hogar que durara más de un mes, ni ahorros suficientes para sostenerlo,
ni manera de denunciar el acoso que sufrían al interior. Lo sabemos, y
no han faltado acciones para atender estos casos. El apoyo no ha
tardado, menos las voluntades.
Pero la contrariedad de la situación está en que tantas problemáticas de
pronto visibilizadas vuelvan al olvido cuando salgamos de nuevo.
El campesino/comerciante que ayudamos con alguna donación de
víveres, seguirá en crisis, lo único que cambiará será la causa: las bajas
ventas no se deberán ya a la desaceleración económica de la pandemia,
sino a las condiciones normales de toda la vida, en las que muy pocos
consumen local; el niño que hoy sufre 24 horas de violencia familiar a
causa del encierro, en la normalidad regresará a la escuela en lo que
representará 6 horas de descanso para él, pero que seguirán sin resolver
lo que sucederá diario en las 18 restantes. ¡Hurra! Los estudiantes
dejaremos de estresarnos por problemas de conectividad, por gastos
exorbitantes de luz y telefonía, por programas educativos adaptados (o
más bien, aventados) a lo digital, y de vuelta en la normalidad, de las
dolencias mentales y emocionales edición encierro, a los mismos
padecimientos en versión de calle; regresaremos al miedo de la
inseguridad durante nuestros interminables trayectos en transporte
público, las caminatas iluminadas por nada más que la luz de la luna a
altas horas de la noche, tan cerca del colegio, tan lejos de casa y de un
lugar seguro; volver al salario mínimo laborando el máximo de horas,
decimos que es mejor que nada, así como la normalidad, mejor que esta
contingencia, al cabo que ya estábamos acostumbrados ¿no?
No debería ser, y por ello, más vale como sociedad que esa esperada,
ansiada, soñada y excelente normalidad no dure, y que tan pronto
podamos, la cambiemos a una realidad sostenible; acciones, iniciativas y
dialogo de por medio, al son del límite cada vez más cercano del 2030.
