¿Por qué volver a la normalidad?

Han pasado poco más de tres meses desde aquel 16 de marzo de 2020, cuando la

Secretaría de Salud anunció las medidas preventivas ante la inminente llegada de la

pandemia del coronavirus (SARS-Cov-2) a nuestro país, y somos muy pocos los jóvenes

“privilegiados” que hemos podido realizar algún tipo de confinamiento, algunos lo han

hecho tomando clases en línea, otros trabajando vía remota en el llamado “home office”,

otros más aprovechando el tiempo (ese que siempre usamos de excusa) para disfrutar a

la familia o simplemente a uno miso. Sin embargo, han sido otras muchas más las

personas que el confinamiento no ha sido una opción, ya que según datos del INEGI, en

México la tasa de desempleo de la población económicamente activa equivalía a 3.5%

(aprox. 2 millones de personas) antes de la llegada del coronavirus, además de que el

porcentaje de la población ocupada en la informalidad ascendía a 56.2% de los

trabajadores, y cerca del 55% no cuenta con ninguna prestación social, e incluso en esta

era de interconectividad tenemos una marcada brecha digital, pues sólo el 52.9 % del

total de hogares a nivel nacional disponen de conexión a internet.


Es por eso que al saberme parte de ese bajo porcentaje “privilegiado” del país, me han

surgido algunas interrogantes en este momento en el que probablemente no estemos muy alejados de pronto volver a “nuestra normalidad” o al escuchar muchas voces clementes de querer ya regresar a la “vida normal”. Pero me pregunto: ¿Qué es la normalidad en nuestro país? Y sobre todo ¿Por qué volver a la normalidad?


Antes de que la pandemia tocará suelo mexicano , algo preocupante que asumíamos

como parte de la normalidad es tener un de las más amplias brechas de desigualdad por ingresos de la región, ya que de acuerdo con el INEGI 2 , las familias que conforman el

sector más rico tienen ingresos de hasta 18 veces más que las familias más pobres de

México, siendo así que lo que en nuestra normalidad conocemos como “vivir al día” para

muchos mexicanos es algo literal, pues poco más de la mitad (51%) de los ingresos de los más pobres se destina exclusivamente a la compra de alimentos y bebidas. Pero es que tal desigualdad no puede asumirse como normal, no podemos aceptar que además

solamente el 5% de la población ocupada laboralmente obtenga 5 salarios mínimos o más de ingreso.


De hecho, dentro del panorama económico, aun cuando no se tenía ni en mente que este año golpearía al mundo un virus de tal magnitud, las estimaciones de crecimiento

económico seguían siendo las normales cifras desalentadoras de los últimos años con

porcentajes de crecimiento mínimo del 1 %, y ahora ya se proyecta una caída del 6%.

Aunado a esto, vemos que uno de los sectores mayormente golpeados, vulnerados y

expuestos por esta pandemia ha sido sin duda el sector Salud, y es que esto no dista de

ser algo normal si actualmente México invierte soló 2.5% de su PIB a la salud, una cifra

inferior al promedio latinoamericano del 3.7% y mucho menor del 6% que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), deben invertir

como mínimo los países para tener un sistema sanitario óptimo 3 . Por eso, aunque no es la única causa, es normal que nuestros médicos protesten por no contar con las

herramientas y medidas básicas para ejercer su trascendente labor que es salvar vidas.


Y es que hasta las muertes se han ido convirtiendo en parte de la normalidad, si ahora

diariamente nos enteramos del aumento en la cifra de fallecimientos a causa del COVID-

19, antes de este, en México los homicidios alcanzaron niveles récord en los primeros

cuatro meses de 2020, al aumentar un 2.4% respecto al mismo período del año pasado,

pues de acuerdo al informe de seguridad del gobierno federal se mostró que del 1 al 31

de marzo fueron asesinadas 2,585 personas en nuestro país, lo que da como resultado

que los homicidios registrados en marzo equivalen a 83.4 asesinatos cada día. Reflejo de

que ni la actual estrategia de seguridad por parte del Gobierno ha funcionado, y es que no puede considerarse normal más de 35 mil homicidios dolosos por año, ya no podemos aceptar estas cifras, estas muertes, esta normalidad, ya no podemos seguir

escondiéndonos en nuestra apatía, no podemos aceptar que en México te matan por el

simple hecho de ser mujer, porque simplemente no puede asumirse que era normal que

hubiese más de 1000 feminicidios al año en nuestro país, incrementándose de 7 a 10 los

feminicidios por día.


Lamentablemente podríamos seguir y seguir con estas cifras tan graves que son parte de lo que llamamos “nuestra normalidad”, pero es debido a esto que me pregunto que si es esta es nuestra normalidad ¿Por qué aceptarla? ¿Por qué querer volver a ella? Si volver a la normalidad después del confinamiento sólo requerirá seguir con las medidas

preventivas para la no propagación del virus y así ya denominarla la “nueva normalidad”,

simplemente me rehusó a aceptarla.


Creo firmemente que por lo menos los jóvenes que puedan formularse estas preguntas

estarán de acuerdo que la nueva normalidad deberá implicar replantearnos nuestras

prioridades como país, y la vía deberá ser la participación, el dialogo y el consenso

fortaleciendo nuestra democracia, porque a pesar de que el actual discurso político tenga como objetivo polarizar, la nueva normalidad no tendrá cabida para acciones, ideas y comportamientos que nos dividan, por ende , nuestra nueva normalidad no aceptara el racismo, el clasismo, la discriminación, el machismo, la xenofobia y todas aquellas expresiones sociales que hemos asumido como parte de algo normal entre los

mexicanos, porque simplemente los jóvenes ya no queremos esa normalidad. Aun

cuando nuestro Gobierno se empeñe en no entender los retos globales que demanda

nuestro presente y futuro, al seguir apostando por las energías no renovables, nosotros

debemos encaminarnos a que lo normal sea apostar por un desarrollo sostenible, un

desarrollo que deje de culpar al pasado y trabaje por su futuro, y esto dependerá del esfuerzo que hagamos por normalizar que cada vez haya más espacios políticos

ocupados por jóvenes a la altura de estos grandes retos.


Y es que quien más, sino lo jóvenes, tenemos que asumir la responsabilidad de construir

una verdadera “nueva normalidad” donde quepamos todos, pues nuestra generación, que ya era la generación con el futuro más incierto, pasará a la historia por ser la más

golpeada por las graves consecuencias de la pandemia, porque si esta crisis no la

aprovechamos y la asumimos como una oportunidad para construir nuestra nueva

normalidad, entonces, cabe preguntarse ¿Por qué volver a la normalidad?





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